Crecer en familia

Revista para madres y padres: crianza, educación, psicología y salud.

El mal de la culpa

post alba padropor Alba Padró i Arocas

A veces, la lactancia materna peligra o se complica, aunque no exista una dificultad en concreto, ni por parte de la madre ni del bebé. O quizá sí: la inseguridad, que duele ¡pero tiene remedio!

En un curso de formación de asesoras de lactancia, nos pidieron que hiciéramos un dibujo que reflejara nuestro primer sentimiento relacionado con la lactancia. Prácticamente todas las participantes realizaron bonitos dibujos con flores, colores vivos, líneas curvas, purpurinas… El mío era diferente. Dibujé una puerta entreabierta que sólo dejaba entrar un poco de luz y ¡pinté un interrogante negro enorme!

Éste era mi primer sentimiento al empezar mi primera lactancia: la incertidumbre. Todavía me veo ante la puerta de la habitación 250 con la niña en brazos, el alta médica y una receta de leche artificial. Acababa de parir, tenía las hormonas revolucionadas y me sentía como una niña pequeña, frágil, insegura y terriblemente asustada. Hacía dos días que me habían dado el título de madre y dos títulos más de regalo: el de sufridora de por vida y el de culpable.

Minutos antes de darnos el alta, el pediatra había sembrado un interrogante sobre mi capacidad productiva: “¿Piensas intentar la lactancia materna?”, me había preguntado. Hombre, ¡yo pensaba que lo estaba intentando! ¿Colocarme la criatura en el pecho al cabo de tres horas de haber parido (sí, ahora sé que tres horas son demasiado pero en aquel momento no) y seguir pasándola de una teta a la otra durante dos días no era sinónimo de intentarlo? Pero aquel médico obviamente no lo era porque, con mucha amabilidad, me había recomendado una conocida leche artificial y me había indicado con toda precisión las cantidades y la frecuencia de la administración del sucedáneo de leche.

Yo, mujer, libre, valiente… y también muy joven y desinformada, parecía haber perdido todas mis virtudes en aquel monólogo del pediatra en el que, por cierto, no había tenido turno de réplica. ¿De qué diosa dependía que yo pudiera o no dar el pecho? ¿De qué capricho del destino dependía la alimentación de mi hija? En este punto, mi flamante título de culpable empezó a hacerse presente. ¡Que yo no fuera capaz de amamantar era mi culpa! ¡Llevaba semanas haciendo novillos de las clases de preparación al parto! Seguramente, ¡allí habían explicado todo lo que ahora necesitaba saber! Qué desastre…

La mañana en que mi hija cumplía diecisiete días fui por primera vez a un grupo de apoyo. No tenía ningún problema concreto pero mi lactancia peligraba por mis miedos y mis inseguridades. Lo cierto es que querer dar el pecho no es fácil, sobre todo cuando sentimos que no hacemos bien las cosas y que la culpa nos reconcome. En ese grupo descubrí que no era culpable de carecer de información, de no saber casi nada de lactancia materna y de no haber tenido, hasta entonces, una red de apoyo para esta cuestión. Por cierto, también supe que en las clases de preparación al parto ni habían oído hablar de lactancia.

Con los años he descubierto que muchas lactancias fracasan por el miedo y la inseguridad de las madres, que les impide creer en sus capacidades innatas, de serie. A veces, los miedos pueden causar más daño que las grietas.

Alba Padró i Arocas Alba Padró i Arocas es asesora de lactancia e IBCLC

 

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Esta entrada fue publicada en febrero 17, 2014 por .
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