Crecer en familia

Revista para madres y padres: crianza, educación, psicología y salud.

Empezamos la escuela infantil

dibuix cole

il·lustració Glòria Vives

por Vicenç de Febrer


La adaptación a la primera separación
Ha llegado el día. Nuestro pequeño o pequeña empieza a ir a la escuela infantil y nos preguntamos cómo ayudarlo, cómo acompañarlo en este delicado proceso.

Cuando nuestros hijos empiezan a ir a la escuela, en la mayoría de casos se trata de la primera experiencia significativa de separación temporal de su madre, padre o persona muy cercana que hasta entonces se había hecho cargo de ellos.

La mayoría de los niños menores de tres años toleran muy mal este tipo de separaciones temporales y necesitan bastante tiempo para asumirlas: cuanto más pequeños son, más dificultades tienen de sobrellevarlas. A partir de los cuatro años, ya no les cuesta tanto, y a partir de los cinco, la adaptación no suele representar ningún problema. En nuestro contexto sociocultural, la mayoría de niños empiezan la escuela justo a los tres años (P3) o antes, ya que cada vez son más los que asisten a una escuela infantil de 0-3. Por eso, los profesionales de estos centros diseñan unas estrategias conocidas en el argot educativo como “proceso de adaptación”. No obstante, esta denominación sólo señala el “final” de todo un proceso y lo hace desde el punto de vista de la institución escolar que espera que, al acabo de un cierto tiempo, todos los nuevos niños acaben adaptándose a la dinámica del centro.

Separación temporal y alejamiento emocional
Si miramos el inicio de este proceso desde nuestro propio punto de vista y desde el punto de vista de nuestro hijo o hija, veremos que la dificultad principal no radica tanto en la adaptación a la dinámica escolar como en la “separación física temporal y en el alejamiento emocional” entre nosotros. Porque todos los niños que empiezan a ir a un centro educativo se ven impelidos a acelerar un proceso de separación afectiva respecto de su figura o figuras de aferramiento en su familia; un proceso que, si se llevase a cabo en un contexto natural, sería lento y gradual en el tiempo.

El niño no es el único que se ha de separar en poco tiempo. También la madre y el padre nos vemos obligados a separarnos temporalmente y de forma acelerada de nuestro hijo o hija. A veces, ni unos ni otros estamos suficientemente preparados emocionalmente para afrontarlo. Nos cuesta imaginar, tanto a unos como a otros, las consecuencias que nos comportará una separación que, aparentemente, es de pocas horas al día. Pero al menos los adultos tenemos una ventaja respecto de los niños: hemos tomado la decisión, lo hemos podido planificar y disponemos de experiencias previas que nos permiten imaginárnosla. En cambio, los pequeños suelen encontrase inmersos en esta nueva situación sin haberla podido prever o anticipar y sin poder imaginar el alcance de la misma.

Por este motivo, la denominación de este periodo como un proceso de adaptación suele comportarnos equívocos en relación a la esencia del mismo (la separación física y emocional) y en relación a todas aquellas vivencias y sentimientos que nos tocan profundamente, tanto a los niños como a los adultos, cuando nuestro hijo o hija empieza a ir a la escuela por primera vez. Una de las principales características del llamado “proceso de adaptación” es que se producen dos procesos simultáneos: la separación física temporal y el alejamiento emocional mutuo, entre el adulto y la criatura, y la imprescindible construcción de una nueva relación afectiva del niño (y, también, de los padres) con su educadora. Por lo tanto, para afrontar este proceso con éxito las estrategias han de ser diversas.

¿Cómo podemos facilitar el proceso de separación mutua?
Si la primera separación se produce cuando el niño tiene menos de cuatro años, suele ser dolorosa para todos: en primer lugar para el niño, pero de rebote también lo es para los padres, las madres y los educadores porque ver sufrir a un niño también hace sufrir a todos los adultos que lo rodean. Su llanto nunca deja indiferente a nadie.

También hay que saber que, cuanto más pequeño sea el niño, más dolorosa le resultará esta separación, aunque en apariencia pueda parecer lo contrario, porque los niños más pequeños tienen menos capacidad de expresar su malestar. ¿Cuál es la manifestación más visible del sufrimiento del niño? El llanto. ¿Por qué llora el niño? Para alertarnos y comunicarnos que se siente inseguro. ¿Por qué se siente inseguro? Si es muy pequeño, porque quizá se imagina que lo estamos abandonando, quizá tiene la sensación de que nos puede perder definitivamente y esta pérdida le resulta inasumible, ya que somos la principal fuente de energía psíquica, de alimentación afectiva, tan imprescindible y nutritiva como el alimento que les ponemos en el plato. Si es mayor, quizá se sienta inseguro porque no conoce lo suficiente –y, por lo tanto, no confía− a la persona que se queda a su cuidado, quizá la situación le es desconocida y sufre porque no nos tendrá cerca si nos necesita.

La mejor manera de reducir el sufrimiento psicológico que comporta la separación afectiva por la entrada en la escuela infantil es retardar ese momento, en la medida de lo posible. Lo ideal sería aplazarlo hasta los dos años y, en todo caso, vale la pena el esfuerzo de evitarlo antes de los 12 o 15 meses. Cuanto más tiempo podamos permanecer juntos de manera intensiva y exclusiva, y más solida y segura sea la relación afectiva que hayamos podido establecer, más solidas y seguras serán también las relaciones personales posteriores que el niño establecerá a lo largo de su vida. La relación entre progenitor e hijo es el modelo en que se basarán las relaciones y vínculos afectivos de su vida futura. Será sobre la base de las vivencias, sentimientos, emociones, experiencias y aprendizajes cotidianos que tienen lugar en esta época de la vida, que después nos podremos ir construyendo como personas.

El núcleo central en la vida de un bebé a lo largo de los primeros años de vida es el vínculo afectivo que se establece entre el niño y la “figura primaria de aferramiento” que, generalmente, es la madre. Durante los dos primeros años de vida, entre madre y bebé se establece una unión emocional muy intensa: tan intensa que podríamos decir que son dos seres físicos, pero un solo ser psíquico. Ésta es la razón de fondo para que a madres e hijos nos cueste tanto esta separación primeriza, por breve que pueda parecernos.

Escoger un buen centro
Hay que subrayar cuán necesario es que las escuelas infantiles sean profundamente respetuosas con estos tempos y faciliten que cada familia lo pueda vivir a su ritmo.

llar infants

En nuestro país, la escuela infantil como institución escolar está bastante idealizada: a menudo se la percibe como una especie de socialización de los niños y niñas cuando, por debajo de los 18 meses, los bebés tienen la necesidad imperiosa de sentirse unidos a su madre o a su padre, mucho más que socializar con otros bebés. Como pasa en los países nórdicos y en los del este de Europa, nuestros bebés deberían permanecer con sus madres y padres durante este periodo y, si hoy en día tantas familias necesitan recorrer a la escuela infantil, es porque en nuestro país las políticas de apoyo a las familias son prácticamente inexistentes, lo cual complica una verdadera conciliación entre trabajo remunerado y crianza; una conciliación que debería pasar por ayudas económicas por excedencias, con reserva del lugar de trabajo y por reducción de jornadas laborales, que permitirían hacerse cargo de los más pequeños sin delegarlo en instituciones que, aunque sean educativas y de calidad, en nuestro país tienen una proporción elevada de niños por educadora, lo cual dificulta muy seriamente la atención afectiva individualizada y necesaria para la salud emocional de los niños.

Cuando nuestro hijo o hija empiece la escuela, necesitaremos darnos tiempo (progenitores y niños), suficientemente tiempo para poder construir una nueva relación afectiva con la persona que se hará cargo de él o ella. Los profesionales del centro saben que, si el proceso de adaptación se lleva a cabo con cuidado, se prolonga durante unos dos meses. Los padres y madres iremos poco a poco, sin prisas, procurando que los primeros días el tiempo de separación sea lo más breve posible. Necesitaremos hacer un esfuerzo para aceptar y comprender las reacciones negativas del pequeño, aunque nos hagan daño: quizá cuando regresemos a buscarlo no nos mire o haga ver que nos ignora o no querrá separarse de nosotros día y noche o se mostrará más agresivo. Necesitaremos entender que lo que necesita y lo que nos está pidiendo es que le dediquemos más atención y una dosis más grande de afecto, para compensar nuestra ausencia temporal y para hacerle saber que le seguimos queriendo tanto como antes, aunque nos separemos durante unas horas.

Nuestra confianza es clave
Mientras asumimos la separación temporal de nuestro hijo o hija, padre, madre y niño tendrán que ser capaces de construir una relación afectiva con su educadora. Nuestro papel es primordial: hemos de confiar en esta nueva persona y en el equipo. Hasta que no desarrollemos un sentimiento de plena confianza en las personas, nuestro hijo tampoco lo acabará de hacer, todo el proceso se ralentizará y las posibles reacciones adversas de nuestro hijo se alargarán en el tiempo. Y para confiar en alguien, primero lo hemos de conocer: tendremos que aprovechar las reuniones y las entrevistas para conocer lo mejor posible a nuestra educadora. La posible inseguridad de la madre en el momento de llevar a su hijo a la escuela, su desconfianza en las competencias del personal educador, sus temores en relación a las capacidades de adaptación de su hijo, son captados con gran capacidad por el niño, que los siente como propios. De ahí la importancia de ser sinceros con nosotros mismos, darnos tiempo y conocer personalmente a la educadora antes de comenzar el “proceso de adaptación”: para llegar a confiar en su profesionalidad, competencia y afectividad hacia los niños.

Una vez completado el proceso de adaptación, y tal como señalan estudios recientes, es preferible que los niños muy pequeños no pasen largas jornadas en la escuela: lo deseable es que en estas edades (1 y 2 años) la estancia no supere las cuatro horas diarias.

Vicenç de Febrer es psicólogo y director de escuela infantil. Trabaja en el Centre 0-3 anys de Sant Feliu de Guíxols (Girona)

Febrer Vicenç (Mayo y Junio 2011). Empezamos la escuela infantil. Crecer en Familia, num. 40.

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Esta entrada fue publicada en septiembre 13, 2013 por .
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