Crecer en familia

Revista para madres y padres: crianza, educación, psicología y salud.

Ecología a pequeña escala

ecologia

Por Montse Escutia

María tiene diez años y vive en un pueblo grande. Sus padres son ecologistas declarados: medio ambiente, ahorro de energía, consumo responsable. Ella misma nos lo explica en este pequeño manual de ecología doméstica.

Por la mañana, a mí me cuesta levantarme de la cama, sobre todo en invierno porque la casa está un poco fría. Mis padres apagan la calefacción durante la noche y tienen el termostato a 19ºC durante el día. Si hay sol, los radiadores no se ponen en marcha porque unos grandes ventanales encarados al sur ya consiguen que la casa esté bien calentita.

A menudo, Pequeño, nuestro gato, me viene a despertar y está un rato en la cama conmigo. También tenemos una gata, Nini, pero ella persigue a mi madre para que le dé comida. Los adoptamos en el refugio para animales que hay en el pueblo, cuidado por un grupo de voluntarios. Cuando yo sea mayor también iré a ayudarlos y adoptaré muchos más gatos. Ahora mis padres ya no me dejan coger más porque dicen que con dos ya tenemos bastante.

¡Cambio bocadillo por galletas!
Cuando consigo salir de la cama me visto rápidamente y hago la cama. En la mesa me espera un buen desayuno: leche (de vaca para mí y de cebada para mi hermano pequeño), tostadas o cereales y un poco de fruta. Mi madre es un poco rara con esto de la comida y casi todo lo compra ecológico. A mí no me gusta ser diferente, pero ella siempre dice que es una comida más sana, que ahora estamos poniendo los cimientos de nuestro cuerpo y que si son fuertes tendremos menos problemas de salud cuando seamos mayores. Tampoco me gusta que siempre me prepare un bocadillo para almorzar en la escuela. Menos mal que, de vez en cuando, puedo cambiárselo a Bruna, que está cansada de las galletas que le pone su madre. Dice que son más ricos los bocadillos que me prepara la mía.

Después de desayunar me lavo la cara, me peino y a la escuela, sin olvidarme de la fiambrera con el bocadillo. Si hace frío, vamos caminando y cuando llega el buen tiempo, cogemos la bicicleta. Vivimos en un pueblo grande y hemos de ir con cuidado porque encontramos mucho tráfico en el camino a la escuela, pues muchos padres van en coche porque después se han de ir a trabajar a otros pueblos o a la ciudad y el transporte público no es muy bueno en los pueblos: ¡como mucho un autobús cada hora! Nosotros también vamos en coche cuando mi madre o mi padre han de ir a algún sitio después de dejarnos en la escuela. Pero eso no pasa muy a menudo porque mi madre trabaja desde casa. Ha tenido mucha suerte con la empresa para la que trabaja, porque haciéndolo así se organiza mejor el tiempo y se ahorra viajes. Si viviésemos en una gran ciudad, podríamos ir a la escuela en metro. A mí me encanta coger el metro cuando vamos a visitar a la abuela y ¡creo que tiene mucha suerte de tener un tren para ir tan rápido a todas partes!

Por la tarde, cuando volvemos de la escuela, hacemos los deberes todos juntos en la mesa de la cocina o del comedor. Mi padre está obsesionado con las luces: si podemos estar juntos en un único espacio, no necesitamos tener tantas luces encendidas. Por la noche repasa toda la casa y desenchufa todos los aparatos para que no quede ningún pequeño piloto encendido: ni el lavavajillas, ni la wii, ni la tele, ni el router… Nada de nada. Y, ¿sabéis qué otra cosa hace también? Pues desenchufa la plancha, o apaga el horno y el fuego antes de acabarlos de usar: dice que con el calor residual se puede acabar de planchar y de cocinar.

No pidas fresas…
El miércoles es el día de ir a comprar la fruta y la verdura. Mi madre le compra a una agricultora del pueblo, que pertenece a una red de campesinos agroecológicos. Cultivan sin químicos y tienen fruta y verdura de la zona y de temporada, solo los plátanos los han de traer de Canarias. A veces es un poco aburrido… En invierno nos hartamos de comer coles y brócolis, y en verano dale a comer ensaladas de tomate… ¡Como si estuviese prohibido comer fresas antes de que llegue la primavera! Es como un ritual: no entra una sola fresa en casa antes del 20 de marzo, aunque el mercado esté hasta arriba de fresas desde finales de febrero. Yo le digo a mi madre que por qué no las compramos, si total las que compra más tarde seguramente vienen del mismo sitio. Pero ella es tozuda: dice que es una cuestión de principios, que cuando ella era pequeña solo se comían fresas en primavera y que si no lo hacemos así perderemos la ilusión por las cosas. Que ahora lo tenemos todo y siempre, y que hemos de aprender a tener paciencia y bla, bla, bla, bla… Por suerte, la abuela me compra fresas en invierno. De todas formas, no me puedo quejar: hemos plantado una gran jardinera de fresas y ¡en otoño todavía comemos fresas!

Cuando acabamos los deberes, nos dejan mirar un rato la tele. No todos los días porque dicen que nos quedamos hipnotizados. Mi madre se pone muy nerviosa cuando mi hermano le pregunta ¡si lava los platos con Fairy! Pablo tiene mucha memoria y ya de pequeño repetía todo lo que salía en la tele y por eso Pablo siempre pregunta si lo que ve en el Telediario ha pasado de verdad o no. ¡Se hace un lío con estas cosas!

Por la noche, cenamos todos juntos en la cocina, y sin tele. Solo algunos viernes nos sentamos todos juntos en el sofá comiendo una pizza y miramos un programa de risa o un reportaje sobre el mar. Pablo y yo ponemos la mesa y la recogemos por turnos. En casa hay tres cubos (para envases, para vidrio y para el resto), una papelera adonde va todo el papel y un recipiente más pequeño en la cocina en el que tiramos los restos orgánicos antes de llevarlos al compostador, porque como tenemos un jardín, el ayuntamiento nos cedió uno. Es muy curioso ver como desaparece todo y en lugar de apestar se convierte en una tierra que huele a bosque. Una vez se instaló una familia de ratones y los gatos se lo pasaron pipa. Al principio, me daban mucha pena, pero mi padre me explicó que la vida en la naturaleza es así y la hemos de respetar, tanto si nos gusta cómo funciona como si no.

Demasiada química
Antes de irnos a dormir nos lavamos los dientes. Utilizamos una pasta de dientes de arcilla, un champú de ortigas y un jabón de lavanda. Ya veis, en estos temas mi madre es rara. Mira siempre las etiquetas de todo antes de comprar, y compra cosmética ecológica siempre que puede. Dice que el resto tiene demasiados productos químicos que no son buenos para la salud y que cada vez hay más gente con alergias. Un día vimos un programa de unas señoras que no podían salir de casa y que, cuando lo hacían, tenían que ponerse mascarillas. Mi madre iba diciendo: “Demasiada química, demasiada química…”. Y ponía cara de mucha preocupación.

En casa no nos duchamos cada día porque mi madre también dice que no es bueno para la piel y que además no se puede gastar tanta agua. Un año que hubo mucha sequía, papá puso un barreño en la ducha y la primera agua, la que sale fría, la colocábamos allí. Después la aprovechábamos para el váter. Se acabó la sequia pero el barreño se quedo allá y mis padres decidieron que era bueno ahorrar agua aunque no hubiese sequia.

Cuando llega la hora de meterse en la cama, todos vamos a la cama de mis padres a leer. A veces, mamá nos lee un cómic un ratito, después cada uno su libro. Cuando se nos empiezan a cerrar los ojos papá nos manda a nuestra cama. Si hay suerte, mamá nos hará un pequeño masaje para ayudar a relajarnos. Y hasta el día siguiente.

Montse Escutia es secretaria general de la Asociación Vida Sana

Contacto:
info@vidasana.org

Más información:
Fundación Tierra: http://www.terra.org
Asociación Vida Sana: http://www.vidasana.org

 
Escutia M. (Mayo y Junio 2011). Ecología a pequeña escala. Crecer en Familia, num. 14.

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Esta entrada fue publicada en junio 27, 2013 por y etiquetada con , , .
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