Crecer en familia

Revista para madres y padres: crianza, educación, psicología y salud.

Educar en verde: naturaleza y desarrollo infantil

julia en verd

por Heike Freire
El aprendizaje es mucho más equilibrado si se ha tenido la oportunidad de jugar, sentir, manipular… y nada mejor que la naturaleza para hacerlo. Una riqueza enorme al alcance de la mano.
Es un hecho: los niños de hoy disponen de menos tiempo para jugar libremente, en un entorno natural, que los de hace tres décadas. Toda una generación de jóvenes está perdiendo el contacto con la naturaleza, y no me refiero sólo a la habilidad de distinguir entre una encina y un roble sino, más profundamente, a la capacidad de conectar con el origen de la vida, con la energía de la que procedemos y que nos constituye.
Volver a la naturaleza
En su conocido libro Last Child in the Woods1 (“El último niño de los bosques”, que desgraciadamente aún no ha sido traducido al castellano), el autor americano Richard Louv, basándose en estudios científicos, acuña el término “Trastorno por déficit de naturaleza”. En él agrupa un conjunto de dolencias modernas como la depresión, el estrés, el déficit de atención-hiperactividad o la ansiedad, cuya causa común podría ser la falta de contacto con el entorno natural. El doctor William Bird, autor del informe “Natural Thinking”2 (“Pensamiento natural”) y consejero de la fundación Natural England, considera que, a largo plazo, la salud mental de nuestros hijos está en peligro. En sus investigaciones, Bird ha demostrado que las personas están más sanas, se adaptan mejor, tiene menos estrés y son más capaces de concentrarse sólo con contemplar, unos minutos al día, los espacios verdes. Salir regularmente al campo o a parques y jardines reduce los síntomas del déficit de atención, aumenta la motivación del profesorado y, en consecuencia, la calidad de la enseñanza. También se observan mejoras significativas en el comportamiento y en los resultados académicos de los alumnos cuando se acondicionan zonas verdes, con huertos y árboles, en los patios de las escuelas.
Al borde del colapso, nuestra civilización empieza a tomar consciencia de la urgencia de volver a la madre naturaleza. La preocupación por “salvar la tierra” y a todos sus seres, animados e inanimados, tiene su reverso en la idea de salvarnos también a nosotros mismos, a una especie humana cuya salud, equilibrio y supervivencia se encuentran amenazados por su propia forma de vida… Y quizás una de las claves del cambio sea, precisamente, un enfoque educativo que, desde la más tierna infancia, tenga en cuenta las necesidades de los niños y, en particular, su necesidad de contacto con la naturaleza.
Marta y los guijarros
En el parque, Marta recoge pequeños guijarros blancos que, en sus manitas, se convierten en piedras preciosas… Están fríos, suaves y duros, brillando al sol sobre su piel morena. Puede hacerlos resbalar entre sus dedos, que suban y bajen desde la palma a las yemas, dejarlos caer y recogerlos… o sorprenderse, y hasta enfadarse, por su obstinada tendencia a regresar al suelo. A punto está de conseguir suspenderlos en el aire, con esa magia que sólo niños y niñas saben desplegar, cuando una voz, severa y estridente, viene a sacarla de su dulce sueño: ¡MARTA, DEJA ESO! ¡NO SE TOCA!
Pero el mundo es eso, precisamente eso que se toca, se huele, se escucha, se respira, se ve, se degusta… Es eso que nos entra por los sentidos, o que tal vez nuestros sentidos crean, soñando un universo que ellos mismos producen. Es eso cuyo peso, densidad, rugosidad, color, soplo, luz, sabor, sonido… podemos SENTIR.
Pese a las prohibiciones, los obstáculos, las dificultades de acceso en zonas urbanas (donde hoy reside la mitad de la población mundial), los niños, especialmente los más pequeños, sienten una irresistible atracción hacia la naturaleza; se identifican más que los adultos con sus dones, están más cerca de ella. ¿Por qué? ¿Cómo explicar su pasión por el agua, la tierra, el aire o el fuego? ¿Cómo su interés y su especial sensibilidad hacia los temas medioambientales? Tal vez aún no han perdido el instinto básico que los une a la vida o, siendo menos mentales, son más conscientes de formar parte del mundo natural, se sienten menos separados de éste; o quizás, simplemente, sea que perciben con más intensidad esa necesidad.
Lo cierto es que las investigaciones les dan la razón, también desde el punto de vista del desarrollo humano: una buena base sensorial y motora es fundamental para un crecimiento intelectual sólido y armonioso. Dicho de otro modo: cuanto más ejerciten en sus primeros años el movimiento y los sentidos, mejores serán sus capacidades intelectuales después. Educar con conceptos lógicos y abstractos demasiado pronto es como empezar a construir la casa por el tejado.
Estudios de neurociencia, como la “Teoría evolutiva del triple cerebro”, de Paul McLean (1952), explican el desarrollo de nuestras estructuras cerebrales en torno a tres grandes etapas de evolución: el cerebro “reptil” que, situado en el tallo, regula funciones biológicas esenciales como el ritmo cardiaco y respiratorio; el cerebro “mamífero” (paleocórtex) que, en el sistema límbico, elabora las percepciones sensoriales generando emociones, y el “humano” (neocórtex), que interpreta los contenidos sensoriales y emocionales (basándose en la capacidad de abstracción, la lógica y el lenguaje) para dar una respuesta adecuada a las situaciones. Como las muñecas rusas, los tres cerebros encajan perfectamente, son interdependientes. El equilibrio del conjunto dependerá del buen funcionamiento de cada parte y de la calidad de sus conexiones; especialmente, de una relación armoniosa entre los aspectos emocionales e intelectuales.
Estímulos no agresivos
Precisamente con la idea de estimular la sensibilidad (e incluso la inteligencia) infantil, nuestra cultura hipertecnológica ha creado todo un arsenal de artefactos electrónicos, juguetes pletóricos de colores, texturas y sonidos, DVD superdidácticos, programas de televisión muy divertidos y juegos de ordenador alucinantes. En ocasiones, algunas madres sucumbimos al encanto de esos ingenios, contemplando después decepcionadas cómo nuestros hijos los abandonan, para volver a la sencillez del agua o de la caja de cartón.
En el mundo artificial que hemos construido, la sensibilidad infantil está sobreestimulada: todo es excesivamente fuerte y estridente, provocando finalmente aburrimiento y unos niveles de reacción que requieren intensidades cada vez más elevadas. Por eso, la quietud y simpleza de la naturaleza, que apela a los sentidos sin violentarlos, es profundamente sanadora para los niños. Los estímulos naturales poseen más suavidad, riqueza y diversidad, no se imponen y respetan el ritmo de acercamiento de cada individuo. Además, apelan a la agudeza de todos los órganos a la vez, en lugar de centrarse sólo en alguno de ellos. Ponen a los pequeños en contacto con su instinto más puro, permitiéndoles expresar su ilimitada imaginación y sus dotes creativas. A través de la interacción con árboles, animales y plantas, aprenden a relajarse, a usar el espacio, a resolver sus temores, a confiar en sí mismos, a relacionarse y a conocer las consecuencias de sus acciones.
Así sucedió con Marcos, un niño enérgico y muy activo, que, con sólo tres años, empezaba a ser calificado de “agresivo”. Cuando los espacios abiertos compensaron su falta de espacio vital, en casa y en la escuela, su comportamiento mejoró considerablemente; la naturaleza le ayudó a encontrar su lugar. O con Natalia, una niña callada y muy tímida, que pudo expresar sus emociones y sentimientos a los silenciosos seres del bosque y, poco a poco, también a todos los demás; las plantitas, los árboles y animales fueron sus primeros amigos.

Cómo recuperar el contacto

Si no dispones de una escuela infantil en el bosque cerca de tu casa, hay muchas cosas que puedes hacer para favorecer el contacto de tus hijos con la naturaleza:

  • Acondiciona un espacio donde puedan jugar con los elementos. Un cajón con arena y una mesa de agua (base para colocar un barreño a su altura) son ideales.

  • Al elegir sus juguetes, prefiere los materiales naturales al plástico y otros productos sintéticos.

  • Considera la posibilidad de adoptar algún animal doméstico y decorar la casa con flores y plantas.

  • Organiza salidas semanales al campo, pero no les impongas la naturaleza: deja que sigan su impulso natural hacia ella.

  • Trata de transmitirles seguridad y confianza en la tierra, los fenómenos atmosféricos, los animales y las plantas.

  • No temas que se manchen, se mojen o se hagan daño. La naturaleza fortalece las defensas inmunitarias y pueden cambiarse tranquilamente después del juego.

  • Confía en sus habilidades y en su capacidad para evaluar los riesgos.

  • Únete a algún movimiento asociativo para promover la naturaleza en la infancia. 

http://educarenverde.blogspot.com.es/p/familias-verdes.html

Freire, H. (Marzo, Abril, Mayo 2010). Educar en verde: naturaleza y desarrollo infantil. Crecer en Familia, num.09.

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Un comentario el “Educar en verde: naturaleza y desarrollo infantil

  1. analidia1704
    mayo 21, 2013

    Muy de acuerdo. Mi hija de año y medio corre hacia cualquier animal que ve, y todas las tardes se pone en la puerta de casa a decir “amos a caque” (vamos al parque).

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Esta entrada fue publicada en mayo 15, 2013 por y etiquetada con , , , , .
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