Crecer en familia

Revista para madres y padres: crianza, educación, psicología y salud.

Romper el tabú de la lentitud

Undiálogovirtualentre Joan Domènech Carl Honoré

entrevista

El movimiento ‘slow’ (‘slow food’, ‘slow cities’, ‘slow sex’ y, ahora, ‘slow education’, la educación lenta) crece desde hace veinte años a un ritmo imparable. Domènech y Honoré son los principales responsables de que también la educación y la vida de los niños se mire a la luz de esta filosofía. Les hemos propuesto una conversación en forma de intercambio de e-mails, y se han prestado encantados. Éste es el resultado.

Joan Domènech (J. D.): Los movimientos de la lentitud (slow food, slow cities, etc.) intentan devolver tiempo a las personas. Este planteamiento común tiene connotaciones claramente educativas. ¿Cuál es tu opinión, Carl?

Carl Honoré (C. H.): Sin duda. Aprender es una cuestión de ritmo y timing. Los niños necesitan encontrar retos académicos adecuados a su estadio de desarrollo y que se les el tiempo suficiente para procesar lo que están aprendiendo. Esto implica que el poder sobre el tiempo se transfiere, del maestro y el currículum, al niño o que se pone su necesidad de tiempo en el centro de la educación.

J. D.: Las presiones sobre la escuela para que aumenten los contenidos del currículum o se adelanten los objetivos -por ejemplo, aprender a leer- están muy generalizadas. ¿Intuyes alguna relación entre estas y el llamadofracaso escolar?

C. H.: Elfracaso escolartiene muchas más causas. Pero, ciertamente, podemos darle una parte de la culpa a nuestra obsesión con la educación precoz y rápida. Esta manera de hacer es contraria al aprendizaje. En Asia están modificando este modelo de alta presión; las escuelas de toda Inglaterra están boicoteando el SAT (test estándar de conocimientos adquiridos), porque los maestros consideran que presionan demasiado a los niños y distorsionan la educación. En cambio, Finlandia, donde los niños empiezan la escuela a los siete años y hacen menos exámenes, deberes y horas de clase, se ha convertido en el país favorito de la educación internacional.

Algunas experiencias

J. D.: Adaptar la escuela a los ritmos de aprendizaje de cada niño o niña parece ser un buen objetivo que está relacionado con los planteamientos de la educación lenta. ¿Conoces experiencias en esta dirección?

C. H.: Los buenos maestros, sea cual sea el sistema con el que enseñen, intentan respetar el ritmo de cada alumno. En la escuela primaria pública de Londres a la que van mis hijos, por ejemplo, los maestros agrupan a los niños en función de los aprendizajes. Hace poco visité la escuela Steiner de South Devon, un centro waldorf al sureste de Inglaterra, y me impresionó su insistencia en adaptarse al ritmo de cada niño. El modelo de escuelas de Reggio Emilia, en Italia, es otro ejemplo brillante de cómo dar curso a la curiosidad y a la capacidad de aprender de los niños, a través del respeto a sus ritmos.

J. D.: Las familias hoy en día parecen prisioneras de la prisa. Quieren dar lo mejor a sus hijos pero no pueden estar con ellos y eso se traduce en más estrés ¿Es posible la educación lenta en casa?

C.H.: De hecho, la educación lenta empieza en casa. Mucho antes de que los niños vayan a la escuela, los padres pueden dar forma al uso de su tiempo, mostrarles el valor del silencio y de la reflexión, enseñarles el arte de la paciencia. Pero ante todo, los padres y las madres deberían dejar de vivir acelerados. Es duro, pero no imposible. Siempre hay maneras de reducir el frenesí y llevar la calma a casa.

Culturas más lentas

C. H.: El término slow education (educación lenta), se ha hecho global. Joan, ¿piensas que algunas culturas tienen más inclinación natural a aceptar esta nueva manera de pensar sobre la educación?

J. D.: Seguramente. Lo que sucede es que, con la globalización, estas culturas han identificado la velocidad con el progreso y, por lo tanto, han pensado que o aceleran o pierden el tren del progreso y la mejora educativa. Pero la globalización también tiene la parte positiva de extender por todo el planeta la idea de que hay que desacelerar nuestras vidas y, naturalmente, la educación si queremos el desarrollo de una sociedad más justa, más inclusiva, más equitativa.

C. H.: Los críticos a veces dicen que la educación lenta sólo funciona con niños de familias estables de clase media. ¿Crees que es verdad?

J. D.: La educación lenta y el regreso a la verdadera calidad de los aprendizajes y de la educación son dos aspectos íntimamente unidos. La educación lenta, desde el momento en que intenta ofrecer el tiempo necesario para que los aprendizajes puedan hacerse en el tiempo justo, da una oportunidad a todos los que están excluidos porque su ritmo no es el adecuado. A menudo, estos ritmos más lentos se relacionan con procesos sociales y familiares con más carencias culturales o socioeconómicas. Es en estos entornos donde la respuesta desde la educación lenta ha de dar más frutos.

Una revolución cultural

J. D.: Hay razones para pensar que los planteamientos slow tienen también un sentido profundamente político, democrático. Veo una relación directa con planteamientos como los del decrecimiento o los movimientos ecologistas ¿Crees que el movimiento slow es una alternativa no solamente individual sino también social, económica y política?

C. H.: El movimiento slow no es una nueva tendencia de moda de la que hablan los suplementos dominicales. Va más allá. Es una revolución cultural con el poder de redimensionar todo aquello que hacemos. Crear un mundo lento implica reescribir las reglas de todo: desde la política y la democracia hasta la economía o la manera en que llevamos nuestras relaciones personales y construimos las comunidades. El movimiento slow comparte con otros movimientos, como el ambientalismo o el decrecimiento, el objetivo de reinventar completamente nuestra sociedad y cultura. Una vez empiezas a ralentizar una parte de tu vida, abres el espacio a una reflexión más profunda y eso comporta cambios mucho más poderosos.

J. D.: La educación lenta debe ir acompañada de una vida lenta. ¿Cómo podemos ser más consecuentes y no sentir que realizamos sólo experiencias aisladas?

C. H.: Hay muchas presiones (expectativas en el lugar de trabajo, la cultura del consumidor, etc.) para continuar yendo rápido, pero quizás el obstáculo más grande para ralentizar es el tabú cultural en contra de la lentitud. El primer paso para provocar una revolución lenta es destruir este tabú. Hemos de mostrar de muchas maneras que ralentizar sería bueno. Podemos escribir blogs, libros, artículos; dar conferencias y conceder entrevistas; enseñar esta lección a nuestros niños… O, simplemente, mostrar a los otros que ir más lentos nos ha dado una vida rica y feliz. Este cambio ya está pasando. Yo sigo siendo optimista, porque el anhelo de la lentitud está ahora increíblemente extendido y es poderoso.

Joan Domènech es maestro, formador de maestros y director de la escuela Fructuós Gelabert de Barcelona y autor de Elogio de la educación lenta (2009). También es coautor de los volúmenes Miradas a la educación que queremos, con el fotógrafo Joan Guerrero (2005), La educación primaria, junto a Susanna Arànega (2001) y La organización del espacio y del tiempo en el centro educativo, con Jesús Viñas (1997). Todos han sido publicados por Graó.

Carl Honoré es escritor, periodista y estudioso del movimiento slow. Es autor de los volúmenes Elogio de la lentitud (2005) y Bajo presión (2008), ambos en RBA.

Más información y contacto:

http://www.carlhonore.com

Domènech, J. , Honoré C. (Octubre, Noviembre 2011). Romper el tabú de la lentitud. Un “diálogo virtual” entre Joan Domènech y Carl Honoré. Crecer en Familia, num.11.

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